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El Psicólogo en la Red |
La competitividad en el ser humano |
El sentido de la competencia en nuestros días está presente en la mayoría de las personas que forman nuestra sociedad. Las personas quieren tener éxito y compiten a toda costa para conseguirlo. Es el sentir del más fuerte, del mejor, del que se abre paso siempre ganando. Pero esta lucha no siempre es limpia, en igualdad de condiciones, a menudo este sentido de la competitividad tan arraigado en el ser humano le conduce a extremos poco ortodoxos para conseguir el preciado bien, el éxito. Se trata de un rasgo negativo de la personalidad a pesar de que algunas veces nos pueda dar buenos resultados su utilización. Por una parte la competitividad nos estimula a esforzarnos más pero por otra parte desaprovecha las habilidades y crea una actitud de no cooperación hacia el entorno. Los niños aprenden a competir desde pequeños, entre hermanos por el cariño de mamá, con otros en el parque para usar más tiempo el columpio y en la escuela para ver quién es el mejor. Esa búsqueda de la fama parece cuestión de competencias así nuestros hijos se enfrentan en la escuela para ganar la condición de líder, indispensable para llegar a adquirir poder. El líder es aquel que sobresale de la media por alguna condición que le hace destacar. Muchos niños son líderes naturales, con ello quiero decir que es como que sin quererlo lo fueran, como si lo llevaran escrito en sus genes. En los líderes naturales tiene mucho que ver la fuerte y atrayente personalidad del niño. Los otros líderes pueden llegar a serlo si las habilidades que poseen son bien vistas en el resto del colectivo. Muchas veces son los profesores los que potencian la salida de estos líderes fomentando acciones en las que los niños deban de competir. Recuerdo en la clase de mi hijo que para iniciarlos en la práctica de las tablas de multiplicar, los ponían en fila por orden alfabético y empezaban preguntando por el primero y si no lo acertaba era adelantado por el posterior de la fila. El tiempo que tenían entre pregunta y respuesta era de escasos segundos y efectivamente muchos fallaban no por cuestión de falta de conocimiento sino por nervios. La situación era de competitividad pura pero curiosamente a mi hijo y a la mayoría de la clase les gustaba esa sensación. Parecería como si la sociedad innatamente los hubiera preparado para una vida llena de competencia, en la que si no luchas no ganas y si no ganas no eres nadie. Otra de las acciones en la educación que muestra también el sentido de la competitividad son las calificaciones o notas. Desde niños nos han valorado nuestro aprendizaje mediante unos exámenes cuyo resultado podía apreciarse en una nota que podía ir del 0 al 10 o lo que sería lo mismo del Insuficiente al Excelente. Ello facilita la comparación entre los alumnos y favorece una mayor competitividad entre ellos. Una manera de estar entre los líderes es mediante una buena inteligencia o unas sobresalientes notas. El resto de compañeros querrán ser tus amigos para quizás contagiarse de tu "suerte" o "copiarte en los exámenes". Sea como fuera, la condición de líder es muy apreciada entre los grupos y si no existen habilidades innatas y/ o naturales que la atribuyan, deberá ganarse mediante una fuerte competencia en todos los actos ejecutados. Ser el mejor no es tarea fácil. Si con la experiencia escolar no tuvimos bastante, tranquilos porque de nuevo se nos concede tiempo para competir. Cuando nos hacemos mayores también tenemos que competir para seguir en nuestros puestos de trabajo, para acceder al mercado laboral o para destacar entre nuestros amigos. Seguro que muchas de vosotras tuvisteis que competir con algunas otras chicas para poder ligaros a quien ahora ejerce de marido, o vosotros chicos seguro que tuvisteis que marcar muchos goles para que aquella "rubia" se fijara en vosotros. En fin, toda nuestra vida se rige por la competencia y parece que saber competir es un punto a nuestro favor como si de un rasgo positivo de personalidad se tratara cuando en realidad es la forma en la que se ha montado nuestra existencia la que ha creado la competitividad. Inclusive en situaciones innecesarias la utilizamos como si sentirnos ganadores fomentara nuestra autoestima o el concepto que tenemos de nosotros mismos. Hace un par de meses vi una nota en el tablón de anuncios del club de Tenis,
perteneciente al ayuntamiento de la población en la que resido, en la que se establecía
un período de tiempo para jugar una liga de ranking y sin saber demasiado jugar me
apunté, diciéndome a mí misma que así conocería más gente para poder practicar el
deporte. Otro caso especialmente triste por lo que puede derivarse de él, es el de aquella niña que lloró de rabia e impotencia cuando descubrió que había sacado un Notable alto en vez de un Excelente en matemáticas. Esa niña cuando sea mayor vivirá todas las situaciones de competencia con exigencia exagerada lo que le provocará un sinfín de frustraciones que turbarán una sana existencia. * * * Juguemos, compitamos por el arte de hacerlo, por la sensación interna que se deriva cuando ganamos pero seamos conscientes que igual que hoy ganamos mañana podemos perder y eso es algo que hay que aprender a tolerar. La competencia nos la ha impuesto la sociedad, no hagamos de ello un reto constante en nuestras vidas. De vez en cuando tendremos que aprender a rechazar una competitividad negativa e innecesaria; recordemos que nosotros tenemos el poder de elección. Gloria Marsellach Umbert - Psicólogo |
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Gloria Marsellach Umbert - psico@ciudadfutura.com