|
Colaboraciones |
El Psicólogo en la Red |
Pasiones Contrariadas |
La premisa inicial parece a primera vista obvia: uno se enamora de alguien, comienza a interesarse por alguien, porque le atribuye un compendio de cualidades o virtudes (reales o ficticias) que le resultan atractivas. Y es asimismo obvio que pasada la primera etapa (su duración es variable por estar en función del contacto y de la frecuencia del contacto con la otra persona), la idealización de ésta da paso a una visión mucho más realista. Uno descubre que ese ser al que un día percibió como "perfecto", sigue estando dotado de ciertas cualidades apreciables, pero también de defectos que en un principio no había ni siquiera intuido. Cuando la mente y el corazón se tranquilizan, el sujeto se encuentra en condiciones mucho más favorables para analizar lo que siente. Si la balanza se inclina en favor de las emociones positivas, el enamoramiento se consolida (se pasa de la ilusión al auténtico amor). Si no es así, el desencanto y la desilusión van abriéndose paso poco a poco hasta que finalmente el sujeto se pregunta: "¿cómo es posible que pudiera fijarme en esa persona?". En ambos supuestos, el proceso de enamoramiento o desenamoramiento es positivo. Si uno se enamora, se ve inundado de sentimientos gratificantes. Si se desilusiona, sale también ganando en la medida en que nuestra capacidad de análisis se desarrolla y nos enriquecemos con la experiencia. En este segundo caso, la autoestima del sujeto no tiene por qué verse afectada, en tanto que el proceso de desilusión que ha experimentado se refiere única y exclusivamente a las características, comportamientos o conductas de la otra persona, sin que él mismo se vea implicado (y sin que tampoco eso tenga que suponer necesariamente una desvalorización del otro: éste puede mostrar aspectos que no nos gustan, pero eso no lo convierte en alguien despreciable). Aunque la evolución descrita hasta aquí parece la más lógica, o incluso la única posible, lo cierto es que las cosas no siempre ocurren de ese modo. En ocasiones, el sujeto, en la fase inicial, no se fija tanto en las cualidades o virtudes de la otra persona (si bien no es consciente de ello) sino en las que cree que el otro le atribuye. Es decir, no idealizamos a la otra persona, sino a la imagen que pensamos que aquélla tiene de nosotros. Es natural que forme parte de la atracción que sentimos hacia alguien el hecho de sentirnos valorados (sería verdaderamente anómalo ilusionarnos con quien pensamos que nos menosprecia). Pero lo verdaderamente singular de este supuesto es el hecho de que el sujeto no llega a percibir al otro como una persona, sino como un mero objeto cuya única razón de ser es devolvernos una imagen corregida y mejorada de nosotros mismos. La idea es clara: nos contemplamos ante un espejo (los ojos de la otra persona), que nos devuelve reflejada una imagen idealizada. Poco importa que el otro nos vea realmente de esa forma. Tan sólo prestamos atención a lo que creemos que ve. En realidad, el sujeto que dice estar enamorado en este caso, no lo está de alguien ajeno, sino de sí mismo, es decir, de un alter ego más perfecto. ¿Qué factores inciden en este fenómeno?. Fundamentalmente, la falta de autoestima del sujeto. Si no es capaz de valorarse en su justa medida, o mucho más aún, si se rechaza abiertamente, será presa fácil de esa especie de alucinación o borrachera del ego a la que luego denominará amor, que consiste en considerarse mucho más atractivo, o más inteligente, o más seductor, sólo porque cree que la otra persona lo percibe de esa manera. Sin embargo, la fantasía no suele durar mucho tiempo. Basta un simple comentario, una puntualización del otro (que puede ser incluso completamente neutra), para que el edificio comience a derrumbarse. Entonces el sujeto se muestra hipervigilante. Interpreta cada uno de los gestos o de las palabras del otro como una confirmación de que "en realidad no me valora tanto como yo pensaba". Se siente criticado y por ende, agredido. Incluso puede convertirlo en su adversario. En su enemigo. En el mejor de los casos, se sentirá simplemente decepcionado por el comportamiento de esa otra persona. Pero aun así, luchará por recuperar la gratificante sensación inicial. Dirigirá todos sus esfuerzos a transformarse (externa o internamente) en lo que cree que es el ideal del otro. Es como si se dijera a sí mismo: "ya que no puedo gustarle como soy, intentaré convertirme en la persona de sus sueños". Lo cierto es que incluso aunque consiga excelentes resultados en el proceso de "reconstrucción" y reciba elogios por parte de la otra persona, no se sentirá satisfecho. Simplemente porque el presupuesto de base ("acéptame como soy") no se ha cumplido. En muchos casos, pensará que el esfuerzo de transformarse no ha valido la pena para tener algo, una relación, que la mayoría de la gente consigue a más bajo precio. En otras ocasiones, descubrirá que la persona en la que se ha convertido no se parece en nada a su propio ideal aunque pueda llegar a coincidir con el otro. El desencanto, la desilusión posteriores, no están ahora relacionados con la otra persona, sino con el sujeto mismo. "Yo no le gusto como soy; a mí no me gusta como él/ella quiere que sea". Obviamente, esta situación lleva aparejada una sensible disminución de la autoestima, en la medida en que el sujeto ha colocado a otro en la posición de evaluador de su propia valía. Le ha conferido a alguien ajeno el inmenso poder de tasarlo y venderlo en pública subasta. En conclusión, estamos ante un individuo que dice estar enamorado de alguien que no le corresponde. En realidad es él mismo quien no se acepta incondicionalmente. El error radica en la confusión del verdadero sentimiento del amor (basado en la mutua gratificación y en la aceptación de la otra persona, con sus defectos y virtudes) con la necesidad enfermiza de sentirnos valorados por alguien que está fuera de nosotros, pero en cuya opinión, curiosamente, confiamos más que en la nuestra. Nada tiene esto último que ver con el amor que surge de forma espontánea en las relaciones humanas. Y, en esa medida, no puede nunca ser un sentimiento correspondido. Autora: María Concepción Herrera
|
| Volver a la página principal | Artículos Publicados | Artículos por Temas |
c) KamePG Design - Ultima actualización el 2 de Abril del 2000
Gloria Marsellach Umbert - psico@ciudadfutura.com